Hay experiencias que uno entiende en el momento.
Y hay otras que no.
Hay experiencias que suceden, atraviesan el cuerpo, rompen algo por dentro, abren una puerta, dejan una señal, pero luego la mente vuelve y dice: "No puede ser". O pregunta. O juzga. O intenta explicar demasiado pronto lo que todavía no sabe integrar.
Durante mucho tiempo pensé que buscar era encontrar una respuesta. Hoy lo veo distinto. Buscar, muchas veces, es aprender a sostener una pregunta sin salir corriendo. Es dejar de tapar la angustia con ruido, con actividad, con noche, con trabajo, con adrenalina, con deporte, con sustancias, con distracciones o con cualquier forma de movimiento que evite mirar hacia dentro.
Porque el ser humano siempre ha tenido curiosidad. Curiosidad por el alma, por la muerte, por el cielo, por el origen, por el misterio de estar aquí. La ciencia avanza, la física abre preguntas, la astronomía nos recuerda nuestra pequeñez y nuestra grandeza al mismo tiempo, pero aun así hay algo que sigue sin poder explicarse del todo: la experiencia íntima de estar vivo.
Nadie puede vivir tu vida por dentro.
Nadie puede entrar exactamente en lo que tú sientes.
Nadie puede explicarte del todo lo que ocurre en tu conciencia cuando algo se mueve de verdad.
Yo también he estado perdido. Como cualquiera. He vivido mis emociones, mis lugares, mis pérdidas, mis confusiones, mis formas de tapar, mis intentos de comprender. Durante años leí, busqué, me acerqué a libros, maestros, ideas, ciencia, espiritualidad, muerte, vida, cosmos. A veces encontraba algo. A veces me perdía más.
Y en ese camino apareció Joe Dispenza.
Barcelona, 2015
Mi primer evento con él fue en Barcelona, en 2015. En aquel momento no existía el acceso que tenemos ahora a contenido, traducciones, vídeos, plataformas y materiales. Yo escuchaba conferencias como podía, incluso en el coche, con sistemas que hoy parecen casi de otro tiempo. Quería familiarizarme con una forma de mirar la mente, el cuerpo y la meditación que me estaba llamando profundamente.
Había leído El placebo eres tú. Sentí que tenía que ir. Conseguí dos entradas y fui con mi hermano.
No sabía exactamente a qué iba.
O quizá sí lo sabía, pero no con la parte racional.
Conservo esa imagen de aquel momento. No por lo que demuestra, sino por lo que me recuerda: que muchas veces uno entra en una sala sin saber que algo de su vida va a empezar a moverse.
La experiencia de respiración
En aquel evento hicimos respiraciones intensas. No voy a explicar aquí la técnica ni a recomendar que nadie la practique sin preparación, acompañamiento y criterio. Lo que voy a contar es una vivencia personal, no una instrucción. Cada práctica corporal o respiratoria exige responsabilidad, contexto y discernimiento.
Recuerdo la sala. Recuerdo la intensidad. Recuerdo el cuerpo. Recuerdo la voluntad de querer llegar a un lugar que yo todavía no podía nombrar.
En un momento, mientras practicábamos, Joe detuvo la dinámica. Dijo que no lo estábamos haciendo bien y pidió que subieran alumnos avanzados para mostrar cómo hacerlo. Después la práctica continuó.
Y entonces sonó Ameno, de Era.
Para mucha gente puede ser solo una canción conocida. Para mí traía una memoria muy concreta: mi etapa en la radio, momentos en los que la escuchaba en el estudio, una parte de mi vida que seguía guardada en algún lugar del cuerpo.
Hay músicas que no acompañan una experiencia: la abren.
Mientras respiraba, mientras el cuerpo hacía fuerza, mientras sostenía la intención con una intensidad enorme, algo sucedió.
Perdí la conciencia.
Cuando abrí los ojos tenía la cara llena de lágrimas. No sabía dónde estaba. No sabía qué había pasado. Durante unos segundos ni siquiera sabía quién era.
Sonaba Enae Volare Mezzo, también de Era. Esa canción quedó unida para mí al momento del regreso. No como un dato, sino como una marca interior que sigo llevando.
Miré a la derecha y vi a mi hermano. Seguía haciendo la práctica. La sala continuaba. Poco a poco, la realidad empezó a volver.
Pero algo ya no era igual.
No cuento esto como una técnica ni como una invitación a imitar nada. Lo cuento como una vivencia. Una experiencia íntima, difícil de explicar, que durante mucho tiempo mi propia mente no supo dónde colocar.
A veces una experiencia, una música y un estado interior se encuentran en el mismo punto. Cuando eso sucede, el recuerdo no se guarda solo en la mente: se queda en el cuerpo.
Estas canciones se mencionan como parte de una vivencia personal. Los derechos pertenecen a sus respectivos titulares (Decca Records / ERA). Los reproductores son oficiales de YouTube y la música suena directamente en esta página.
Cuando la mente rechaza lo que no sabe integrar
Lo extraño es que después, en lugar de recibir aquello con gratitud, apareció el juicio. Apareció la crítica. Apareció el rechazo. Mi mente empezó a decir que eso no podía ser, que quizá no estaba bien, que quizá algo no cuadraba, que una experiencia así no podía ocurrir en un contexto con tanta gente.
A veces la mente rechaza aquello que todavía no sabe integrar.
Hay experiencias que nos sacan tanto de lo conocido que el ego intenta recuperar el control juzgándolas. Cuando algo no entra en nuestro mapa, muchas veces no ampliamos el mapa: atacamos la experiencia.
Yo no diría que aquel momento explique toda mi vida. Sería demasiado simple. La vida no cambia por un solo interruptor. Pero sí puedo decir que algo muy importante se movió en mí. Si tuviera que ponerlo en palabras, diría que aquella experiencia cambió mi vida en una proporción enorme. No porque en ese instante lo comprendiera todo, sino porque se plantó una semilla que ya no dejó de crecer.
Con el tiempo empezaron a ocurrir cosas en mi forma de pensar, de sentir, de mirar, de decidir. Cosas íntimas que no necesito detallar aquí. Cosas que pertenecen a ese territorio que cada persona solo puede entender desde dentro.
El ritmo hipnótico
Y aun así, como nos pasa a tantos, volví muchas veces al ritmo hipnótico.
Llamo ritmo hipnótico a ese movimiento por el cual vemos algo, sentimos una verdad, nos emocionamos, prometemos cambiar, creemos haber entendido, pero al poco tiempo volvemos a lo conocido. Volvemos a los viejos hábitos. A las rutinas. A las interpretaciones. A las relaciones con nosotros mismos que ya no nos hacen bien. A la incomodidad conocida.
Porque lo conocido, aunque duela, tiene una forma extraña de seguridad.
Uno puede vivir años en una habitación incómoda solo porque sabe dónde están los muebles.
Después de Barcelona seguí con mis meditaciones, con mis rachas, con mis avances y mis retrocesos. He seguido siendo alumno de Joe Dispenza durante años. He ido a varios eventos. He compartido ese camino con Sandry, mi mujer, y también con personas a las que muchas veces llamamos hermanitos, almas, corazones que caminan en una búsqueda parecida.
No todos buscan lo mismo. Y está bien. No todo tiene que latir igual para todos. Hay caminos diferentes porque hay almas diferentes, historias diferentes, heridas diferentes, formas distintas de despertar.
Kensho
Pero a veces alguien ve algo que tú también has visto y se produce una familiaridad inmediata. No porque sea idéntico a ti, sino porque toca una fibra que reconoces.
Eso me ocurrió con Kensho.
Años después, en un retiro extendido de diez días con Joe Dispenza en Cancún, junto a Sandry, vi este vídeo. En cuanto apareció, sentí algo muy claro: yo ya conocía esto. No recordaba exactamente cuándo lo había visto, pero reconocía su mensaje. Reconocía esa sensación. Reconocía esa forma de apuntar hacia el misterio de la vida, hacia el sueño, hacia la conciencia, hacia eso que a veces intuimos pero no sabemos sostener.
Kensho es una palabra vinculada al zen que suele traducirse como "ver la propia naturaleza". Yo no la uso aquí como concepto académico. La uso como símbolo.
Ver algo de uno mismo.
Ver algo de la vida.
Ver algo que quizá siempre estuvo ahí, pero que no podíamos mirar.
El vídeo habla de una idea poderosa: la vida como sueño, la conciencia jugando a olvidarse y recordarse, la existencia como una experiencia que parece separada pero quizá forma parte de algo más amplio. No lo comparto como dogma. No lo comparto como verdad absoluta. Lo comparto porque a mí me hizo sentir una familiaridad profunda.
Y porque creo que muchas personas que están buscando también pueden sentirla.
Vídeo recomendado por Aitor Bidásolo
Kensho — Aaron Paradox
Comparto este cortometraje como referencia externa y punto de partida para la reflexión. El vídeo pertenece a su creador original, Aaron Paradox, y se reproduce desde YouTube mediante el reproductor oficial. No es un vídeo mío. No lo presento como propio.
La voluntad de recordar
A veces creemos que despertar es tener una gran revelación y no volver a caer nunca. Pero no funciona así. Uno puede ver algo y olvidarlo. Puede llorar en una sala y al día siguiente volver a sus mecanismos. Puede sentir una verdad y después discutirla con la mente. Puede abrir una puerta y luego vivir años sin cruzarla del todo.
Por eso la voluntad importa.
Donde hay voluntad, hay un camino.
No una voluntad rígida, castigadora, obsesiva. Una voluntad humilde. La voluntad de volver. De recordar. De practicar. De no rendirse a la primera distracción. De no vivir toda una vida anestesiando lo que pide ser escuchado.
La meditación, para mí, ha sido una forma de volver. No siempre fácil. No siempre constante. No siempre limpia. Pero real.
No se trata de ser monje. No se trata de huir de la vida. No se trata de rechazar el mundo, el trabajo, la familia, el cuerpo, el deseo, la empresa, las relaciones o las contradicciones humanas.
Se trata de aprender a vivir con más conciencia dentro de todo eso.
De aprender a subir con la vida.
Una puerta abierta
Porque la vida sube. Aprieta. Enseña. Desordena. Trae pérdidas, preguntas, amor, miedo, belleza, cansancio, señales, encuentros, resistencias, música, hermanos, maestros, parejas, viajes, salas llenas de personas respirando, y momentos en los que abres los ojos y no sabes quién eres.
Y quizá, con los años, entiendes que no tenías que saberlo todo en ese instante.
Solo tenías que no olvidar que algo se había abierto.
La única manera de saber a qué sabe un mango es probar un mango.
Podemos leer sobre meditación. Podemos escuchar conferencias. Podemos hablar de conciencia, de energía, de alma, de ciencia, de espiritualidad o de la vida después de la muerte. Pero hay algo que solo se comprende cuando se vive.
Nadie puede probar el mango por ti.
Nadie puede meditar por ti.
Nadie puede mirar hacia dentro por ti.
Este artículo no pretende decirte qué tienes que hacer. Solo quiere dejar una puerta abierta.
Quizá tú también has vivido algo que no entendiste en el momento. Quizá una pérdida, un viaje, una práctica, una canción, una conversación o una crisis te mostró algo que luego olvidaste. Quizá volviste al ritmo hipnótico. Quizá todos lo hacemos.
No pasa nada.
La pregunta no es si caemos otra vez en lo conocido.
La pregunta es si estamos dispuestos a recordar. A volver. A escuchar. A practicar. A dejar de vivir atrapados en el ruido y empezar, desde el silencio, a vivir con más claridad.
Porque no creo en huir de la vida.
Creo en aprender a subir con ella.