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Estoy de vuelta en mi casa,
aunque siempre estoy en mi casa.
Y cuando adquiero presencia,
cuando realmente la siento,
me invade una gratitud inmensa,
un gozo sencillo y total,
aquí, en mi habitación,
mirando por esta ventana
desde la que veo los montes de Guadalajara,
los pinos, los árboles de mi casa,
la madreselva cubriendo la ventana
como si también ella quisiera mirar conmigo.
Dentro del propio marco,
a través de la luz de este día bonito,
veo las golondrinas volando,
viajando,
dibujando el aire de izquierda a derecha.
Ha entrado una pluma por la ventana de la derecha,
esa ventana donde veo una palmera
y ese árbol precioso
que a mi mujer y a mí tanto nos encanta,
aquí, en esta casa donde vivimos.
Y al mismo tiempo,
el ventilador de techo, que está parado,
se mueve lentamente
por la brisa del viento que entra en la habitación.
Mientras escucho mantras musicales,
me caen lágrimas de gratitud,
porque comprendo,
o quizá simplemente siento,
que cualquier momento presente
tiene que ver únicamente
con la interpretación mental.
Y en ese momento
estaba haciendo un gran sentir.
Pero, a la vez,
hay un lado muy humano del corazón
que necesita compartir.
De ahí nace esta reflexión,
aunque las expresiones sean inefables
y apenas puedan rozar lo vivido.
Solo puedo comunicar esto:
que cualquier experiencia humana
puede llenarse de gratitud
con un acto de presencia,
de observación
y de autoindagación.
Las ventanas de las que hablo
— Aitor Bidásolo
Horche, Guadalajara · 17 de junio de 2026